viernes, 7 de diciembre de 2012

Kratie

 Hola a todos!

Esta mañana he tomado un bus en Sihanoukville que me ha llevado a Phnom Penh, y de ahí una furgoneta que me ha llevado a Kratie. En total han sido diez horas de duro viaje, a veces por carreteras asfaltadas, a veces por accidentados caminos de tierra que cruzan pequeñas aldeas en medio de la nada. Pero después de pasar todo el día en un asiento, ahora sí, he llegado a Kratie.

En verdad Kratie es un lugar en el centro de Camboya en el que no hay mucho que ver. La pequeña población se extiende a orillas del caudaloso río Mekong, lo que le da un toque especial, pero tampoco es algo por lo que la gente pararía aquí. Entonces, ¿que tiene Kratie para que sea un punto de interés en Camboya? Pues Kratie es la casa de los últimos delfines de Irrawaddy, de los que se dice que solo quedan unos ochenta y cinco ejemplares.

El delfín de Irrawaddy es un extraño mamífero que habita en las aguas del río Mekong. Se trata de una mezcla entre delfín y orca que se cambió de domicilio y se adaptó a la vida de agua dulce. Es característico por tener el morro más chato que los delfines oceánicos y un bulto en su frente.

Como llegué a las siete de la tarde y dado que en el sudeste asiático anochece a las seis, no me quedaba otra que encontrar un lugar donde pasar esa noche y la siguiente. Como el pueblo es muy pequeñito me recorrí todos los alojamientos posibles, y me quedé en el que por calidad precio más me gustó, es decir, como siempre, el más barato. Por la noche salí a dar un paseo, en busca de algúm lugar donde cenar y pasee por el mercado viendo como, después de un duro día de trabajo, todos recogían sus puestos.

Al día siguiente me desperté temprano, tomé un fuerte desayuno y me puse en marcha, pues no quería pasar más de un día en Kratie, ya que el visado de un mes en Camboya está empezando a llegar a su fin. Me digeron que siguiendo el río hacia el norte llegaría al lugar donde habitan los delfines, eso si, antes tendré que pedalear durante 15 kilómetros. La verdad es que no se me ha hecho nada largo, pues cuanto más se mete uno en el interior del país, más agradable es la gente de las villas, más me paro a jugar con los niños, más disfruto de la hospitalidad de la camboya rural.

Una hora y media después llegaba a Kampi, la zona del río Mekong donde habitan los delfines de Irrawaddy. Al entrar con la bicicleta, un guardia me persigue corriendo., pues parece ser que me he saltado la taquilla. Cuando consigo entender loq ue el guardia quiere decirme, vuelvo atrás y pago los nueve dólares que vale la entrada. Al principio me había asustado, pues nueve dolares es mucho dinero en Camboya, pero luego me explicaron que el tiquet incluía una hora en una barquita privada solo para mí. Parece que voy a poder disfrutar de los delfines sin cientos de turistas gritando.

Solo pasar la taquilla, uno se encuentra con un balcón a orillas del río Mekong. Sentados, decenas de turistas casi todos de ellos camboyanos, disfrutan de las vistas del río, desde donde se puede apreciar perfectamente como los delfines salen a flote para respirar. Me quedo un rato observando y trato de contar cuanto tiempo estoy sin ver un delfín, y no fue más de diez segundos. A veces salen a flote en pareja, a veces en grupo o a veces solos, pero cada vez que un Irrawaddy sale del agua se oye a lo lejos el fuerte sonido de su respidración. Es como una explosión de aire que dura menos de un segundo.

No puedo esperar más, así que, impaciente, bajo a la orilla del río donde un simpático barquero me ofrece ser mi guía durante la siguiente hora. Subo a la barca, arrancamos motores, navegamos al centro del río, y de repente paramos motores. El barquero se sirve de un largo remo en la popa del barco para navegar silencioso por la zona, pues nos encontramos intrusos en casa de los delfines. A menos de un minuto de espera, empieza el espectáculo. A nuestra izquierda un delfin deja ver su aleta y la parte superior de su cuerpo, expulsa el aire y vuelve a sumergirse en el río. Parece que va a ser difícil tomar fotos, pues solo están fuera del agua uno o dos segundos, y salen alejados de la barca, pues los delfines de Irrawaddy no son tan simpáticos como los oceánicos, y huyen del ser humano ya sea por miedo o timidez. Así que durante un buen rato suelto mi cámara, si no soy capaz de tomar una buena foto ya las buscaré en internet, pero no voy a desaprovechar la oportunidad de disfrutar de las maravillas de este extraño animal.

La hora trancurre entre un juego en el que los delfines huyen de la barca y el barquero trata de aercase con sigilo. La verdad es que no me esperaba ver tantos y tan seguidos, por lo que me da tiempo de disfrutarlos y de hacerles fotos, eso sí, todas de lejos, pues ni uno se anima a acercarse. El momento más espectacular ha sido cuando un ejemplar, en su intento de recuperar su aliento fuera del agua, ha lucido su cola en un presumido salto casi olímpico y yo no he desaprovechado la oportunidad de hacerle una foto.

De vuelta a la orilla, me he quedado un rato más viendolos juguetear desde el balcón. Dicen que el delfín de Irrawaddy está en grave peligro de extinción y quizás, si algún dia vuelvo a Camboya, el Mekong llore la ausencia de estos divertidos animalitos que hacen del río un lugar muy expecial.

De vuelta a Kratie, paro en un centro de meditación. Se trata de un templo budhista alzado en la cima de una montaña, desde donde hay buenas vista del río Mekong. El lugar está perfectamente ambientado para su objetivo, respetando las zonas de bosques y decorando los árboles con imagines de Budha y su vida. No es un lugar que llame la atención de forma espectacular pero si es uno de esos templos que invitan al relax, al pensamiento o al vacío mental. Yo, me perdí entre sus silencios por más de dos horas.

Y al atardecer,  habiendo completado los quince kilómetros que me llevarían de vuelta a Kratie, me dispongo a ver la puesta de sol sobre el río Mekong, pero antes, me tumbo un rato a descansar en la cama de mi hotel. Cuando me doy cuenta me había dormido, y el sol ya se había puesto, pero todavía quedaba ese rastro de colores en el cielo, que indicaba que aunque no se viera, el sol estaba justo ahí, escondiendose tras el horizonte.

Paseando por la ciudad he conocido a Andrés, un chico catalán que decidió cambiar de vida y abrir su propio negocio en Kratie. Fuí a comer a su restaurante, pues me dijo que su cocinero era un estudiante recién salido de la escuela de cocina. A parte de disfrutar de un delicioso Amok de Pecado, la charla, a la que se unió César (otro catalán que está dando la vuelta al mundo), se alargó hasta tarde. Cuando uno lleva tiempo viajando, disfrutar por una noche de sus raíces te hace sentir relajado, agusto, casi como en casa.

Andrés me explicó que otro punto interesante de Kratie es pasar unos días en una enorme isla que hay en medio del río, donde la gente habita en cabañas, sin electricidad, con el agua bombeada desde el río, y en un ambiente rural único. Además por un módico precio, uno se puede quedar a dormir y comer en casas locales. La verdad es que no pinta nada mal, pero ya he comprado mi billete para mañana. La próxima vez será.










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