domingo, 2 de diciembre de 2012

Ko Russei

 Hola a todos!

Hoy he viajado a Sihanoukville, la zona costera más conocida de Camboya, y por lo tanto la más turística. Aún y así, me han recomendado visitar esta ciudad y disfrutar de sus playas, por lo que no voy a perderme como se vive la costa en el país.

Me he despertado muy temprano para llegar al primer bus de la mañana, que me llevará desde Kampot a Sihanoukville por un tramo de carretera horroroso. Los saltos sobre los baches en el camino no me dejan dormir, sólo dar un par de cabezadas. Cuando llego a mi destino, empiezo a buscar alojamiento. Todo es carísimo excepto un lugar llamado Utopía, donde por 1 dólar puedes dormir en una habitación compartida con unas 20 personas más. El ambiente parece no coincidir con mi idea de un buen alojamiento, pues si no me equivoco ¿todo el mundo está con resaca? En la recepción me dicen que hoy esta noche habrá fiesta en la piscina. ¿Cama y piscina por un dólar? Aquí hay gato encerrado. Pero como ya he dormido en sitios que no eran del todo de mi agrado, decido dar una oportunidad al lugar.

Al dejar mis cosas en la habitación (són las 12 de la mañana y casi todo el mundo duerme), me encuentro con un resacoso australiano que me cuenta lo loca que fue la fiesta de anoche. Creo que he ido a parar a uno de esos lugares que tanto odio, donde turistas de todas partes del mundo beben y se drogan hasta perder la consciencia. Me acerco a la barra a desayunar, pues si algo bueno tiene este lugar es que la comida también es baratísima. Y en ese momento conozco a Martín y Juan, dos chico argentinos que me presentan a Amparo, una simpática murciana. Los tres me aconsejan huir de este albergue, es más, a poder ser, huir de Sihanoukville. Dicen que por la noche no se puede dormir, que la música está a tope hasta las cuatro de la mañana y que la gente va drogadísima. Bueno... mañana me iré camino hacia el norte de camboya.

Mientras tanto el día transcurría. Disfruté de una buena charla con Amparo a la orilla del mar, en una tumbona con una fresquita cerveza, mientras veía como le depilaban las piernas con hilo. Sí sí, a primera línea de mar, es lo más común aquí. Mientras tanto pasaban decenas de vendedores ofreciendo de todo. Desde fruta fresca a gambas cocidas, pinchos de carne a la barbacoa, pulseritas hechas al momento, cocos, gorros, gafas de sol. Pa mí lo más grave no fue el agobio de los vendedores, sinó que un alto porcentaje eran niños, muchos de ellos por debajo de los 8 años.

A media tarde nos dimos cuenta de que no habíamos comido, pues la tripa empezaba a rugir, y Amparo me recomendó un lugar donde hacían barbacoa de pescado por tan solo tres dolares. Me pareció un menú perfecto, pues comimos dos gambas, dos calamares y un trozo de barracuda, todo ello a la barbacoa, acompañado de ensalada y patatas fritas. Para que luego digan que en Asia se come mal. De vuelta al albergue unos chicos nos dieron tickets de copa gratuitas a partir de la doce de la noche, así que pasamos la tarde charlando con los argentinos y a la noche tomamos las copas a las que nos habían invitado. Como la música no pararía hasta las cuatro de la mañana decidimos ir a la playa y meternos en un chiringuito a bailar. Cuando a uno le obligan a salir... ¿que va a hacer?

Al día siguiente nos despertamos tarde, los argentinos se habían ido a una isla de la cual nos habñian hablado muy bien, y Amparo y yo no encontrabamos buses para ir al norte, pues todos salían pronto por la mañana. Las opciones eran o ir a Phnom Penh y dormir allí para por la mañana ir al norte, o quedarnos una noche más en este horroroso lugar y viajar nmañana por la mañana al norte desde aquí. Las dos eran mala opciones, pero Amparo encontró una mejor, pues en diez minutos salía el último barco a la isla donde habían ido los argentinos. En ese momento ni me lo pensé, hice la maleta, compré el tiquet y corrí hasta el puerto.

Estuvimos navegando durante una hora y media hasta llegar a Koh Russei, o más conocida como Bamboo Island. Se trata de una playa desierta, en la que solamente hay un alojamiento, que consiste en cuatro bungalows esparcidos por la costa. La electricidad la da un generador de seis de la tarde a doce de la noche, y el resto del día se disfruta de la playa, de la jungla, de un buen libro, un lapiz y papel para escribir o una buena charla con los escasos turistas que han llegado a la isla. También tienen un bar que funciona con gas, por lo que sirven comidas pero en horarios limitados. Pero como las noches en una isla serían muy sosas sin cerveza, el pequeño barco que trae a los turistas dos veces al día trae bloques gigantes de hielo y muchas latas de cerveza para pasar una noche divertida, pero a la vez muy tranquila.

De los argentinos no supimos nada, pues nos dejoron que sí habían estado peroq ue decidieron irse en el siguiente barco. En su lugar conocimos a tres chilenos, con los que esa noche nos lo pasaríamos genial. Acabamos bailando danza tradicional khmer (camboyana) todos juntos. Para mi gusta es una danza muy femenina, aunque la bailan igual tanto hombres como mujeres. Os animo a que busquéis en internet como son los bailes camboyanos, y a ver si conseguís imaginarme, puede ser divertido.

Que más o puedo contar sobre esta isla... Pues conocí a una persona con una vida muy interesante. Se llama Pedro, es brasileño, y trabaja como camarero en la isla. Lleva nueve meses sin salir de este paraíso y es el alma de la isla. El organiza sesiones de pesca alrededor de la isla, snorkel, juegos y actividades. Hicimos muy buena amistad y pasamos buenos ratos tocando la guitarra y bailando canciones de Brasil. Lo verdad es que no solo hice amistad con Pedro, pues también pasé una buen rato con una pareja de alemanes que se dedicaban a saltar en paracaídas con los esquís puestos en alta montaña. También conocí a dos canadienses que estaban en un proyecto de ayuda humanitária con niños, un israelí que acababa de terminar el servicio militar, un americano que se inventaba las mil y una formas de fumar con cachimbas artesanas y las más divertidas, dos suecas que tras unos tragos de tequila querían que les enseñaramos flamenco. La verdad es que cuando uno esta en una isla desierta, con tan poca gente y tan poco que hacer, todo se intensifica más, se crea como una espontánea familia con la que disfrutas cada momento. Algunos llegaron a llamarlo el Gran Hermano Camboyano.

Al tercer día de estar en la isla decidí que o me iba ahora o me quedaba para siempre. Estaba tan agusto que estaba empezando a darme miedo. Quizás sea un buen plan vivir en una isla desierta, pero no es mi momento. Así que tomé el primer bote de la mañana que me llevó del cielo al infierno. Al llegar a Sihanoukville me doy cuenta de que vuelvo a estar en la misma situación, o duermo allí o en Phnom Penh, pero no hay buses ahora hacía el norte. Me vuelvo a encontrar con los argentinos y decido pasar la tarde con ellos, mañana tomaré el primer bus dirección Kratie.












4 comentarios:

  1. El tronco con las zapatillas???? K curioso jijiji .Aki ver poca cosa pero pasarlo bien y conocer gente. En dos dias conoces a mil personas nenjijijiji

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  2. Tete!!!! has encontrado la zapatilla que perdiste en Cadiz ahí en el tronco???? jajajaja....vaya juergas que os montais!!!!! besos!!!!cuídate!!!

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  3. Hola Rousé: ya lo conoces él es así, allá donde vaya conoce a mil gentes y siempre haciendo amigos...ESE ES MI NIÑO, si señor!!!!!

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  4. Qué bien te lo montas!! Anda que no iba a pillar bien una de esas tumbonas, ahora que aquí es la hora de la siesta...!

    Un beso grandote!

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