jueves, 15 de noviembre de 2012

Siem Reap

 Hola a todos!

Por fin estoy en Camboya. Para los que estés preocupados deciros que al final no fue tan grave pasar un día de ilegal en Tailandia, pero lo que sí puedo contaros es que la fiesta de ayer me salió más cara de lo esperado. Esta mañana me ha venido a buscar el bus a la misma hora que ayer, eso sí, yo estaba allí sentado veinte minutos antes de lo acordado. Cuando vienen a recogerme tengo que aguantar las risas de los organizadores del viaje, entre comentarios en tailandés que deberían referirse al estado en que me presenté ayer por la mañana en la oficina de la agencia de viajes. Me lo tomo con una sonrisa, pues es una anecdota divertida de la que me reiré por mucho tiempo.

Al llegar a la frontera empieza mi única complicación, tras un buen rato de cola, me piden 500 baths de multa por haber sobrepasado la estancia permitida en mi visado. Pues no tengo ese dinero, así que tengo que volver fuera de la frontera, sacar dinero de un banco, y volver para pagar la multa. Mientras tanto, todos los que viajan en mi mismo autobús, me esperan al otro lado de la frontera. Al final la broma me ha salido por 12,50 euros, así que no había por que asustarse. Eso sí, la proxima vez me lo pensaré cuando se me ocurra salir de juerga la noche antes de caducar mi visado.

Después de casi doce horas de viaje llego a Siem Reap. El autobús nos deja en una dudosa estación a 6 km del centro, donde nos esperan decenas de tuk tuk ansiosos por llevarnos a nuestro hotel. Dos italianos que he conocido en el bus y yo, decidimos no hacer caso de esta trampa para alimentar el mercado del tuk tuk. Estamos seguros de poder encontrar una opción más barata en el camino al centro, y si no es así, por lo menos no hemos colaborado en que sigan haciendo trampas a los tursitas para sacarles su dinero. Al final encontramos un tuk tuk a muy buen precio que dejaría a los italianos en su hotel, y a mi me acercaría al hostel más económico, pues como siempre, viajo sin reserva. Me gusta el lugar donde me han traído. Es un lugar céntrico pero tranquilo, ambiente totalmente mochilero, y lo más importante es que pagaré un dolar americano por noche para dormir en un colchon tirado en el suelo bajo un enorme techo de bambú junto a decenas de familias de camboyanos. Dormir al aire libre en países cálidos siempre es un lujo, y os aseguro que en Camboya hace mucho más calor que en Thailandia y Malasia, y también más humedad, por lo qu el sudar se va a compartir en una constante a partir de ahora.

Al despertar decido conocer un poco sobre la vida de este país, pues me crea mucha curiosidad estar en Camboya, supongo que porque he oído muy poco de este lugar. Así que alquilo una bicicleta por un dolar, y desayuno por un dolar, pues de momento parece que todo vale un dolar aquí. Conduciendo mi bicicleta salgo de la ciudad, pues he leído que Siem Reap no tiene nada que ver, solo bares, restaurantes y alojamientos para los miles de turistas que se acecan para ver los templos de Angkor Wat. Decido bajar hacia el sur, pues he leído algo sobre el Tonle Sap, el lago más grande del sudeste asiático. Por el camino empiezo a entender que Camboya es un país que me va a gustar, pues no tiene nada que ver con la turística Tailandia o la moderna Malasia. Me encuentro bajando por una carretera pegada a un río, y sobre este río decenas de cabañas construídas con bambú, muchas de ellas con dudosa garantía de mantenerse en pie por mucho tiempo. Y en el río transcurre toda la vida de las aldeas, donde los hombres van y vienen de trabajar en el campo, cultivando arroz en su mayor parte, y las mujeres se dedican a las tareas domesticas como lavar la ropa en el río, o ir y venir del mercado que se encuentra lejos en la ciudad. Los niños, casi todos desnudos, juegan a rústicos juegos con piedras y palos, saltan desde los puentes que cruzan el río al agua, trepan por los árboles. Lo más importante es que todo el mundo sonríe. Los niños ríen al juguetear con otros niños vecinos, las madres ríen al compartir sus charlas con otras madres vecinas, los hombres ríen tras llegar cansados de sus quehaceres y encontrar a sus famílias en la aldea. Todo transcurre en un ambiente de felicidad y relax. Pero nadie hecha en falta una televisón, una videoconsola o un fin de semana en el cine, pues todas estas cosas aún no han llegado a este lugar, y creo que el no necesitar gastar dinero para divertirse es lo que hace de este lugar un mágico paraíso donde el dinero aún no ha estropeado la inocencia de sus habitantes, la humanidad de sus gentes, la amabilidad de la comunidad. Conforme avanzo por la carretera no puedo dejar de parar en el camino, para intentar hablar con las gente de este lugar, hacer fotos de sus casas, del río, de los niños jugando, de su vida cotidiana. Lo más mágico de todo es que aunque nadie sabe inglés aquói y no puedo comunicarme con ellos más que con gentos, todos me saludan con una amable sonrisa, todos quieren decirme "Hello" y nadie me pide nada a cambio. No intan venderme nada, no me piden dinero, solo quieren verme, saludarme y sonreir. Los niños se acercan para jugar conmigo, me hacen bromas, me enseñan como son capaces de saltar al río desde un puente de madera, me piden que les haga fotos para después morir de risa al verse en la pantalla de la cámara. Por fin me sientro agusto de verdad, menos mal que he venido a Camboya.

Continúo descendiendo carretera abajo y el paisaje empieza a cambiar. El río desaparece y en su lugar se extienden amplios campos de arroz, con pequeñas cabañas de campesinos construidas sobre bigas hechas con troncos de árbol, elevadas para que el agua no alcance la vivienda. Parece que me encuentro más cerca del lago, pues todo está inundado del agua que alimenta los campos de arroz.

Y un poco más abajo, por fin encuentro el lago. Sobre el Tonle Sap se mantienen delicadas estructuras de madera que hacen volar sus cabañas sobre el agua. Y en las orillas se encuentran lo que ellos llamas los pueblos flotantes, decenas y decenas de viviendas construidas sobre estructuras de madera que flotan sobre las aguas del lago, donde sus habitantes necesitan de un pequeño bote de madera para entrar y salir de sus casas. Aquí el ambiente se declara más pobre, tanto los niños como los adultos están muy sucios, la mayoría de ellos sin ropa o con viejos trapos con los que cubren sus verguenzas. Los niños juguetean en el lago sin ropa, unos pescan peces con imaginativos inventos, otros juegan con palos. Al final del camino que lleva al lago encuentro un mercado de pescado al que no soy capaz de entrar. Conforme me acerco el olor a pescado seco se hace más fuerte y acaba por hacerme retroceder. Pues al no tener métodos de refrigeración, en Camboya suelen secar la mayoría del pescado, pues si no, deben vender el pescado freco en el mismo día.

De vuelta a la ciudad encuentro uno precioso edificio de color azul sobre las aguas del lago, y en sus escaleras una decena de jóvenes tocando la guitarra. Ya me conocéis, si veo una guitarra tengo que parar. Al detener mi bicicleta los chicos me llaman para que me acerque. Una inestable plataforma de madera me acercará hasta las escaleras que llevan a la casa. Cuando subo todos me reciben con alegría, se presentan uno a uno con su escaso nivel de inglés y me hacen entrar y sentarme en el suelo, pues el edificio está totalmente vacío. Solamente dos paredes separan un par de habitaciones, donde veo libros sobre religión cristiana, algunos cuadernos con partituras y un crucifijo colgado en la pared. Al hablar con ellos me cuentan que es una iglesia cristiana donde se da comida, vestimenta y acceso a la escuela a jóvenes huérfanos. Los chicos no tienen un colchón donde dormir, pero si un techo, ropa limpia y algo que llevarse al estómago, además de muchas cosas que aprender. A cambio de salvarles la vida, los chicos han sido reconvertidos a la religión cristiana, leen libros religiosos y saben muchas canciones sobre Jesús. Parece ser que las colonizaciones de la época de Cristóbal Colón aún se siguen produciendo, eso sí y por suerte, ahora se hacen de forma pacífica y con ayuda humanitária.

Al ver los chicos los tatuajes de mis brazos, me preguntan si sé tocar la guitarra. Se quedan boquiabiertos en su primer contacto con la bulería o la rumba, les hace mucha gracias incluso uno de ellos me pide aprender. Le doy una clase rápida de rumba que se queda practicando mientras hablo con los demás. Le deseo que si algún día vuelvo por estas tierras me lo encuentre hecho un artísta de la rumba, y así podré enseñarle algo más. Como intercambio musical, los chicos cantan una de las canciones que la iglésia les ha enseñado. Como por suerte no entiendo la letra, me resulta precioso el coro de diez amigos huérfanos unidos por la música y la misma necesidad. Parecen como hermanos, se les fe una confianza ciega entre ellos, viven el uno para el otro y todos unidos en piña. Me resulta difícil poder imaginar una amistad tan profunda en mi vida, y por un momento, y dejando de lados la dura vida que les ha tocado vivir, siento envídia de ellos por no poder profundizar tanto en un sentimiento tan bello como es la amistad.

Después de sentirme cómodamente abrigado por estos chicos, sigo mi camino hacia la ciudad, pues he estado medio día con ellos, y aún quiero ver alguna cosa más. Encuentro un devío de la carretera, y como buen curioso, decido explorar. Encuentro barrios más humildes todavía, pollos correteando por el camino, cabañas de bambú esparcidas por cualquier parte, desordenadas, y de fondo, el precioso lago cubierto por gigantes nenúfares.

Y en camino de vuelta, descubro que en la orilla de la carretera abundan los ofranatos y escuelas para niños desfavorecidos. Hay carteles que anuncian la visita a los centros, supongo que para promocionar el voluntariado, pues Siem reap es la ciudad más pobre de Camboya. Aunque no me faltan las ganas de entrar, visitar las instalaciones y pedir información, no me gusta como está organizado el sistema, pues he visto excursiones turísticas organizadas a estos lugares y yo considero que un orfanato no es un zoo. Así que como no tengo intención de hacer voluntariado en este primer viaje a Camboya, me abstengo de entrar por siemple curiosidad. Cuando requiera de información ya volveré si tiene que ser aquí. Eso sí, si alguien está pensando en hacer algun tipo de voluntariado os animo a visitar Siem Reap, es un lugar que necesita de ayuda y con muchas posibilidades para sentirse útil.



De vuelta a la ciudad dejo la bici, me doy una ducha y salgo a pasear. La ciudad me resulta muy turística, el mercado nocturno está lleno de souvenirs, los restaurantes sirven pasta, lasaña y hamburguesas, y los jóvenes bailan bajo el frenético sonido de la música occidental. Se me ofrecen prostitutas de todas las edades, también transexuales que quieren pasar la noche conmigo, los conductores de tuk tuk son los más pesados que he conocido en todo el viaje, y no solo afrecen llevarte a cualquier parte, sinó que también ofrecen chicas, masajes eróticos y todo tipo de drogas, más de las que uno sea capaz de imaginar. Yo no estoy hecho para este tipo de lugares que destrozan la cultura local, así que decido tomar una cervecita en el bar del hostel. Allí conozco a una chica sueca, de cuyo nombre no voy a acordarme porque es más difícil que los muebles del Ikea, la cual me propone un fuerte madrugón para mañana, y así ver salir el sol en los templos de Angkor. Suena interesante. ¡Acepto!
















sábado, 10 de noviembre de 2012

Bangkok

 Hola a todos!

Bienvenidos a Bangkok, la capital Tailandia, la ciudad donde todo es posible.

Tras tomar un bus que me llevaría desde Koh Lanta hasta la capital, pasando todo el día y toda la noche, recorro los casi 1.000 km que me dejarían en la estación de autobuses de Bangkok a las cinco de la mañana. ¿Y ahora que? Entre el agobio de los conductores de tuk tuk ofreciéndose para llevarme a todas partes, me escapo para buscar la estación de autobuses locales, pues seguro que puedo viajar por la ciudad de forma más barata. Por fin la encuentro, y tomo el bus numero tres que me llevaría al barrio más mochilero de todo Bangkok, su nombre es Khao San. Al llegar a Khao San todo está desierto, las tiendas y bares cerrados, incluso la mayoría de los alojamientos han cerrado sus puertas durante la noche y la recepción sigue durmiendo. Así que aprovecha para dar una vuelta por la ciudad, esperando a que alguien me aconseje un sitio bien barato. Después de visitar casi una decena de alojamientos, algunos fuera de mi presupuesto, otros sin camas libres, un trsasnochado ladyboy qu3e intentaba venderme sus más oscuros servicios acaba por informarme de un lugar barato y no tan lleno. Estaba justo al lado, pero no se me había ocurrido entrar por ese sucio callejón. El albergue no es nada del otro mundo, pero tiene una pequeña habitación, con no más que una cama indicidual, una luz, un enchufe y un ventilador, lo justo para descansar. Como me siento muy cansado después del pesado viaje decido descansar un par de horitas, de todas maneras es muy temprano, Bangkok justo empieza a despertar.

Despuès del merecido descando, busco un mapa o algo de información sobre como moverme por la ciudad o que puedo ver en dos días. Nadie me facilita la información, pues los mapas de la ciudad son de pago y la información la dan en agencias de viajes que intentan venderte tours privados, por lo que no les interesan los viajeros que se buscan la vida ellos solitos. Justo apunto de comprar un mapa, encuentro una librería en la que me venden una guía de viaje de segunda mano baratísima, y que incluye el Norte de Thailandia, Camboya, Laos, Vietnam, y la provincia del Yunnan, en China. Se aproxima muchísimo al recorrido que voy a hacer los próximos meses, así que me viene como anillo al dedo. Ahora ya tengo un mapa de Bangkok, ya se cuales son los sitios más populares, así que voy a desayunar y a empezar a explorar la ciudad.

Me dirijo hacia la principal atracción turística de la ciudad, el Palacio Real. Por el camino me entretengo en varios pequeños templos, hablando con los locales que me explican cosas de la ciudad. Saco infoirmación sobtre un evento que tendrá lugar mañana en el río, ya tengo plan. Al llegar al Palacio Real me llevo mi primera sorpresa, no se puede entrar con pantalón corto. Como no tengo intención de volver al hostel ni de comprar uno de esos caros pantalones que venden en la puerta de los lugares donde es obligatorio llevarlos, sigo mi camino, ya volveré mañana. Cuando ando camino al templo de Wat Pho donde se encuentra el Budha Reclinado, me encuentro dos simpaticos hombres que quieren hablar conmigo sobre mi país y mis costumbres. Ellos me recomiendan un bonito lugar al que ir, según ellos se llama el Lucky Budha (Budha de la suerte). Parece ser que ahora hay una ceremonia en el Busha reclinado y estará cerrado al público hasta dentro de dos horas. Pues nada, vamos a ver el Lucky Budha. En el camino me encuentro con Chinatown, el barrio chino de Bangkok, donde enormes mercados de estrechas calles inundan el lugar con miles de productos que comprar. Lo que más me sorprendió es la cantidad de artículos eróticos que pueden comprarse aquí y la naturalidad con que se ofrecen y venden. Desde cientos de películas porno en DVD para todos los gustos, hasta puestos de juguetes para mujeres y hombres, alargadores de pene, incluso un amplio abanigo de pastillas de viagra. Además de todos estos artículos, también se venden montones de produtos informáticos y electrónicos, luces de colores, neones, reproductores de audio y video, telefonos moviles...

Entre el barrio chino y el Budha de la suerte me encuentro con dos templos preciosos, uno al más puro estilo Thai, y el otro totalmente chino, donde me entretengo a hacer fotos de los budhas, los inciensos y la arquitectura religiosa de la ciudad. También cruzo varios canales, pues hay quien llama a Bangkok la Venecia de Asia pues decenas de canales fluviales cruzan la ciudad.

Cuando llego al Budha de la Suerte me doy cuenta que no hay mucha diferencia con el resto de templos que he visitado, bueno sí, el Budha es más grande, más llamativo, y el detalle de su escultura es mucho más detallada. Lo que sí marcó la diferencia fue la ceremonia de monjes budhistas que estaba apunto de comenzar, y a la que fui invitado por el líder de ellos. Entre túnicas naranjas, cabezas afeitadas y esculturas doradas, disfruto de los cantos y rezos de decenas de monjes. Además, me ofrecen hacer fotografias mientras la ceremonia fluye en un relajado ambiente.

Al salir del templo empieza a oscurecer, pero aún y así probaré con la montaña dorada. Cuando llego es completamente de noche, y aunque la montaña está iluminada no puede acceder a ella, pues cerraba a las 17h. Se trata de una pequeña colina con un templo en lo alto, desde donde prometen unas bonitas vistas de la ciudad. Intentaré volver mañana.

Como ya se ha hecho de noche decido volver a Khao San, pues todavía estoy cansado del viaje de anoche. Me pego una ducha y bajo a ver que se cuece en el barrio más turístico de la ciudad. Pubs, alojamientos, tiendas de ropa y souvenirs, tatuadores, puesto callejeres de comida y luces, muchas luces y música a todo volumen intentando atraer a un turísmo con ganas de fiesta. A partir de las diez de la noche la calle se convierte en una fiesta constante, las watios de musica aumentan considerablemente, se venden cubos de bebida y botellas de cerveza en cada esquina. Yo estoy muy cansado, y aunque parece un buen plan, mi cuerpo me pide ir a dormir.

Al despertar decido seguir visitando al ciudad, Bajo hasta el mercado de flores, que se encuentra próximo al río. En el mercado no me canso de hacer fotos, es un lugar bastante thai y muestra el dinámico trabajo que se ejerce en los mercados asiáticos. Desde el mercado de flores, y siguiendo el río accedo al templo de Wat Pho, donde se encuentra el Budha Reclinado. El Templo es precioso, lleno de pagodas y budhas, minitemplos y megatemplos. Y el famoso Budha reclinado, una gigante y reluciente imagen de Budha tumbado sobre una plataforma. Sobretodo impresiona por su tamaño, pues ocupa todo el gran templo de Wat Pho.

Después de visitar Wat Pho me dirijo al Palacio Real. Pero de camino me fijo en un reloj que marcan las 15.50h. A las cuatro empieza el evento en el río, así que como estoy cerca me acerco a verlo. Se trata de un gran desfile militar con barcos tradicionales tailandeses, remando todos al ritmo de tambor, y con una organización sincronizada perfecta que hacen un gran espactáculo en el agua. Lo más importante del evento, es que el principe de Tailandia se encuentra en el barco principal, así que imaginad los sistemas de seguridad e imaginad la de gente que había allí concentrada. Después del espectáculo, que duró más de dos horas, empezaba a oscurecer. Otra vez me había perdido la visita al palacio real y esta vez era la definitiva. Mañana era mi último día de visado en Tailandia y tomaría un bus por la mañana que me llevara a mi siguiente destino, el Reinado de Camboya. Eso sí, que estuviera oscureciendo no quiere decir que no pueda seguir disfrutando de la ciudad. Encuentro un puestecillo donde venden insectos fritos para comer. Desde el desayuno que no he comido nada, así que con hambre todo sabe mejor. Vamos a probar los bichitos. Pregunto por el precio, y aunque no son muy caros, no tengo pensado comerme una bolsa de cada clase. Así que negocio el precio de una ensalada de bichos, entre los que hay saltamontes gigantes, larvas, gusanos y una especie de moscas gigantes. El dependiente pone todo en una bolsita, le hecha unos polvitos por encima y lo rocia con un aspersor, lo que acaba convirtiendose en una especie de salsita salada que se pega a los insectos. Para pasar bien el trago, lo acompaño con una fanta de fresa. Así es, en Thailandia son más originales que nosotros, y tienen como cinco o seis sabores diferentes de fanta, entre ellos la de fresa. El sabor de los bichos, ni buenos ni malos, simplemente salados y crujientes. Las larvas si me dieron un poco más de asco, pues tenían como una carne que no me hizo mucha gracia. Pero las moscas, saltamontes y gusanos no estaban tan malos, pues me los comí todos.

De vuelta a Khao San pasé por un parque donde un grupo de estudiantes me paró para invitarme a chocolatinas, preguntarme sobre música y costumbres en España, y pasar un rato divertido junto a mi. Como despedida me dibujaron un grafiti en mi libreta de apuntes. Y una vez en Khao San, me pego una ducha y salgo a pasear por el barrio.

En Khao San todo resulta extravagante, pues me ofrecieron desde Ping Pong Shows (espectáulo donde chicas lanzan pelotas de Ping Pong con sus íntimas partes), hasta Cat Fish Show o Snake Show (No quiero imaginarme lo que vana a hacer estas chicas con los pobres peces gato y las pobres serpientes). En Khao San tambien hay unos puestecillos donde se pueden comprar imitaciones de carnets, como por ejemplo el de conducir de cualquier país o internacional, el de fotógrafo profesional o periodísta... Uno puede ser lo que quiera en Bangkok. También se ofertan imitaciones de todas las marcas del mundo a precios de infarto. La verdad es que pude resisirme a todo tipo de compras, pues no es mi estilo. Bueno, algo ví que me gustó, pero para mi opinión era un precio desorbitado por tratarse delñ barrio turístico de la ciudad. Y lo más famoso y conocido de Tailandia, los masajes tailandeses. Aproveché mi último día para darme un relajante masaje, en el que retorcieron y crujieron todos mis músculos y huesos. Y sí, tuve que rechazar las tentativas sugerencias de la masajista al finalizar el masaje. Porque en Tailandia la propina siempre es bienvenida, pero ya sabéis que no estoy de acuerdo con este tipo de intercambios económicos. Aún dejando pasar el tenso momento de decir no, la masajista se mereció un diez.

Cuando estaba caminando por Khao San alguien me toca la espalda y me dice, ¡Ei Carlos! Yo no me lo puedo creer. ¿Quien me conoce en medio de Bangkok? Resultó ser Fernando, un chico español que conocí en las Islas Phi Phi. Estaba acompañado de una amigo sueco, con el que empezamos a beber cervezas, a bailar, reir, esquivar a las prostitutas con divertidas bromas, adivinar si quienes nos buscaban para ofrecer sus encantos eran realmente mujeres o no... Pues en Thailandia, hay un alto índice de transexualidad, y muchos de ellos se dedican a la prostitución. Aunque otros muchos ejercen en cualquier puesto de trabajo y eso se merece todo el respeto del mundo, pues en occidente todavía no hemos aprendido a respetar a quien no se siente agusto con su sexo. La fiesta perdió todo el control que pudieramos tener sobre nosotros, perdimos la cuenta de las cervezas, nos perdimos a nosotros mismos.


Y por la mañana... Me desperté quince minutos después de la hora en que había quedado con el bus que me llevaría a Camboya, con una resaca como un piano (eso si aún no iba borracho). Intento reponerme, meto la cabeza bajo el grifo, empaqueto todas mis cosas en la mochila de forma desordenadam, cuido de no dejarme nada por despiste y empiezo a correr calle arriba hacia la agencia de viajes. Mi cabeza retumba a cada zancada que doy, creo que voy a perder el equilibrio en cualquier momento. Cuando llego, casi sin respiración, me dicen que mi bus ya se ha ido, que no va a volver a por mi, que no hay más buses durante el día e intentan aguantar la risa, supongo que por mi aspecto físico y mi aliento a alcohol. La única opción que tengo es salir mañana a la misma hora, y no me cargarán ni un centimo extra. Pero mañana mi visado ya estará caducado. Otra opción es ir con bus local, esos autobuses destartalados que van parando en cada pueblo y en el que hay que buscarse la vida para hacer los transbordos hasta llegar a la fontera. No me veo capaz, mi estado es destructivo. Me voy a dormir, ya me pelearé mañana en la oficina de immigración de la frontera.

El día lo paso entre durmiendo y descansando. No soy capaz de visitar nada, así que el Palacio Real lo dejo para mi siguiente visita. Hoy voy a dedicar el día a sobrevivir a lo que un día hollywood puso en las pantallas de cine. Resacón en Tailandia
















Koh Lanta

 Hola a todos!

Después de visitar los view points de Koh Phi Phi, y tras nuestro último chapuzón en la playa, me despido del pescador que tan bien me ha acogido en su casa, para tomar el ferry que nos llevaria a mis amigos chilenos y a mí a la última isla que visitaré en Tailandia, tomamos rumbo a Koh Lanta. Nos han explicado que no tiene nada que ver con la Phi Phi, que es mucho más tranquila, mucho más Thai.

Antes de embarcar el cielo se pone del color ascuro que coje cada día a esta hora, pues después de comer siempre descarga un pequeño chaparrón. Esta vez no sería preocupante, corto y poco intenso. Una vez para de llover subo a cubierta, pues no hay nada que me guste más de viajar en barco, que disfrutar del aire, las vistas, el olor a mar, los peces saltando y los pájaros buscando alimento.

En una hora y media alcanzamos el norte de Koh Lanta y el puerto mismo ya tiene otro aspecto. Decenas de casas contruidas en madera sobre la orilla del matr. aguantadas por largas vigas, hacen de la entrada a Koh Lanta un lugar rústico y con cierto encanto. Nada más bajar del ferry buscamos algo de alojamiento barato, pero no encontranos nada que nos convenciera, así que preguntamos a los locales. Nos explican que los alojamientos baratos estan al sur de la isla, así que preguntamos por el precio de un viaje en tuk tuk. Haciendo calculos hemos desubierto que no sale a cuenta, pues de todas formas ibamos a alquilar una moto al día siguiente para visitar la isla. Así que... ¡Marchando un par de scooters! Repartimos el equipaje como pudimos, y nos dirigimos rumbo al sur. A unos quince minutos tube una corazonada de esas buenas, vi un callejón y me metí. Pues un simpatico dueño de un albergue nos gritó para que fueramos a dormir a su hostel. Negociamos un buen precio, y dormirmos en la mejor habitación en la que he dormido en todo el viaje, pero no solo en este, sino en el que empezé en enero hasta ahora. Colchón grueso, sábanas limpias y nuevas, baño privado, toalla y tv. Y pagamos lo mismo que habíamos pagado en todas partes, parecía increíble. Además el dueño tenía un gran y bonito resort 50 metros más abajo, a primera línea de mar, y nos dió permido para utilizar las instalaciones, tanto el bar como las piscina o el supermercado. Una gran suerte. Ahora nos nos quedaba otra que cenar y descansar, ya se ha hecho de noche.

A la mañaqna siguiente nos lo tomamos con calma. Nos despertamos tarde, desyunamos tranquilos, y partimos a descubrir la isla con las motos. Paramos en varias playas para ver como eran. Las aguas ya no eran cristalinas pero sí limpias, el mar era bravo y había rocas en la orilla. Nada que pudiera parecer un paraíso pero con algo muy bueno, no había turistas. Playas largas de arena blanca rodeadas por amplios palmerales totalmente desiertas. Algún que otro resort medio vacío, y una isla gigante parea disfrutar sin agobios. Así que con el calor que hacía, cada playa era un chapuzón. Después, conducir las motos sintiendo el aire, sin camiseta, sin casco, pues estamos en una isla sin ley, y con solo un bañador mojado y a golpe de gas el camino se siente diferente.

Después nos dirigimos a las cuevas. Pues al ser una isla grande, también tiene encantos en el interior. Dejamos las motos en mitad de la jungla, pues en el parking nos hacian pagar, y tras caminar una media hora en medio de la selva llegamos a las cuevas. La piedra calcarea había hecho de las suyas, dibujando formas de fantasía a través de estalactitas y chorreras de diferentes colores. Encima de la cueva, un gran árbol que en busca de agua había extendido sus raíces a los alto del acantilado, dejando caer todo su peso cueva abajo.

Y un poco más adelante, las cascadas del tigre. Un bonito salto de agua sobre una pequeña poza, en el que refrescarse y quitarse la sal del mar. Además, las cascadas hacen de spa natural, pues la fuerza de la caída del agua da un masaje perfecto, y hay diferente chorros para diferentes gustos de potencia.

Al bajar de las cascadas condujimos hasta el extremo más al sur de Koh Lanta, donde se encuentra el parque nacional de la isla. Tras recopilar información vimos que no merecía la pena pagar por lo que nos ofrecían, así que dimos la vuelta y buscamos un bonito lugar donde comer. Un restaurante contruido en una cabaña de bambú a la orilla del mar, y el sol poniendose mientras disfrutabamos de una rica merienda comida.

Al día siguiente, decidíq ue era hora de irme, pues a mi visado le quedan pocos días, y no quiero que me pille el toro- Así que reservñe un tiquet de bus para viajar hasta Bangkok. Eso sí, preferí el horario más tardío, para poder disfrutar de la mañana en la isla, pues un día no había sido bastante. Por la mañana hice madrugar a los chilenos, pobres. A las ocho estabamos desyunando y media hora más tarde salíamos con las motos a visitar la costa este de la isla.

En poco tiempo llegamos a la ciudad vieja de Lanta, una preciosidad arquitectónica donde las casas de madera están construidas sobre el mar. En la parte de abajo el negocio, y en la de arriba la vivienda. Por suerte, también encontramos un mercado local, dond evendían de todo, desde comida, ropa o artilújios del hogar. Y al lado del mercado el pequeño y antiguo puerto de la ciduad. Allí puede disfrutar de las antiguas técnicas de pesca de tailandia. Consiste en lanzar una red con plomos, que se abre en el aire y se cierra al tirar de ella para recoger los peces que encuentre en el camino.

Después de la ciudad vieja vimos un pueblo de gitanos pescadores tailandeses. A mi también me extrañó que hubiera gitanos en Tailandia, pero yo suopongo que se refieren a pescadores nómadas. La verdad es que es un bonito pueblo pesquero donde tanto las casas como la forma de actuar de la gente cambian por completo. Todo se vuelve mucho más relajado.

Y ahora sí, ya es hora de irme, así que viajé hasta el norte para devolver la moto, comí algo antes de partir, pues me esparaban 15 horas de viaje en bus hasta llegar a la capital, bangkok. Os espero en la ciudad. Un abrazo!
















jueves, 8 de noviembre de 2012

Ko Phi Phi







 Hola a todos!

Después de varios días atrapado por la tranquilidad y el buen ambiente que encontré en Railay, decido moverme, no sin ganas de haberme quedado unos días más. A veces me arrepiento de no haber pagado por el visado de Thailandia, pues si tuviera 60 días por delante haría estancias más largas en esos lugares en los que uno siente un sentimiento especial. Pero bueno, después de las opiniones que la gente me daba de thailandia, no tenía muy claro que fuese a gustarme, así que estioy haciendo justo lo que tenía pensado. Probar estos quince días, y si me gusta ya volveré con más tiempo.

Me levanto a las 6.30h de la mañana, que después de la despedida de anoche le he tenido que echar valor. Realmente el barco no sale hasta las 9.30h, pero tengo que cruzar a la otra playa, y justo a las siete sube la marea, y luego ya no se puede cruzar. Así que lo mejor es cruzar ahora y tomar el desayuno al otro lado, en Railay Este.Después de cruzar, desayunjar, buscar mi barco,... tampoco penseis que me ha sobrado mucho tiempo. Un longtail boat (esos barquitos de madera que veis en todas las fotos de Tailandia), me espera para zarpar rumbo a las islas Phi Phi. Luego me di cuenta que ese barquito es solo para sacarnos de Railay, pues no tiene puerto y los grandes ferries no pueden llegar hasta la playa. Barquitos rodean un enorme ferry, y los pasajeros saltamos a buscar un buen lugar, con buenas vistas, para disfrutar de la brisa marina.
En una hora y media llegamos al puerto de Phi Phi Don, la isla grande del archipiélago Phi Phi. Nada más llegar empiezo a odiar todo lo que veo. Manadas de turistas bajan de ferries como en el que yo viajo, que vienen de todos los lugares cercanos, e indundamos el idílico paisaje. Una preciosa isla de densa jungla y aguas cristalinas invadida por un turismo joven con ganas de fiesta y un puerto lleno de botes, barcos, veleros y yates que ensucian lo que debió ser una maravilla en su estado salvaje. Y es que las Islas Phi Phi es el destino turístico más solicitado del Sur de Tailandia, el paraíso prometido, y también el lugar más caro. Por suerte para mi, ayer mismo me dieron un contacto buenísimo para dormir en la isla. Se trata de la casita de un pescador a primera linea de mar, una cabaña rústica hecha de bambú, que no está destinada la turismo sino que su dueño la alquila a amigos y conocidos para sacarse un pequeño sobresueldo. Por eso motivo no puedo decir ni el nombre del pescador ni donde está situada, pero si alguien se acerca algún día a las Phi Phi, no dudéis en preguntarme. Y quiero dar las gracias a David, el divertido canario que me pasó el contacto y con el que pasé buenos momentos en Railay.
Una vez llegué a la casa del pescador, la cosa cambiaba de imagen. La cabaña estaba fuera del alboroto turístico, al final de una preciosa playa de aguas turquesas y arena blanca, abrazada por dos colinas de densa jungla. Lo que no sabía, y descubrí a la noche, es que las discotecas de la isla se encuentran justo en frente de la cabaña, al otro lado de la playa, que aunque se ve lejos, el sonido de la música resuena por toda la playa hasta las 3 de la mañana.

El centro de Phi Phi Don, consiste en multitud de resorts, restaurantes bonitos (no para el bolsillo) con una amplia variedad en mariscos, y una zona de fiesta donde cada noche se montan las locas fiestas de Tailandia. Las copas no se sirven en vaso, sino en cubos. La gente asiste a las discotecas en bañador, camiseta de tirantes y chanclas de playa, pues lo más probable es que uno acabe bañandose en el mar. Miles de watios de sonido y luces de colores apuntan en todas direcciones y en la playa, los espactáculos de fuego más locos que uno pueda imaginar. Prrfesionales de los malabares hacen circular a velocidades vertiginosas sus artilugios incendiarios, mientras los turistas, pasados en alcohol y otras sustancias que se obtienen en el mercado negro, saltan a la comba en llamas o intentan pasar bajo el limbo ardiente. En mi opinión no es malo que existan estas fiestas, y que la gente se divierta, pero ¿tiene que ser un una isla tan bonita como las Phi Phi? Al día siguente, por mucho que se limpie, uno encuentra cristales y plasticos por todos lados. Las Phi Phi son un paraíso destrozado por un turismo inconsciente permitido por el ansia económica de la pòblacion local. Con lo que me gusta a mi la juerga, y no me apeteció nada formar parte de esta. Puerte conocí a Jorge y Mariela, encantadores chilenos con los que pasaría 3 divertidos días de mi viaje. Por la noche fuiomos a tomar unas cervezas con algo más de tranquilidad, y quedamos para el día siguiente.

A las 9:30h de la mañana estabamos desayunando juntso en un bar cercano a donde nos pasarían a recoger para hacer el famoso tour de las Phi Phi. Si, otra vez me veo obligado a contratar un tour de borreguismo, pero en un archipiélago está esa opción o pegarse una semana nadando. Aunque la verdad, no fue tan malo, pues estuvimos los tres junto con una pareja de escoceses, en un longtail boat. Entre 5 personas uno no se siente tan guiri.

Pues el tour consiste en visitar los lugares más bonitos del archipiélago, y dura todo el día. desde las diez hasta las seis de la tarde. En primer lugar no llevaron a la Monkey Beach, que como su propio nombre indica es una pequeña playita de Phi Phi Don donde viven unos monitos que son alimentados por la cantidad de turistas que se acercan a llevarse frutas. Viven como reyes, pues no tienen que preocuparse ni de buscarse la comida, mientras haya turistas la panza estará llena. Eso sí, las malas ideas de los turistas de dejar la fruta flotando en el agua hace que los monos tengan que darse un chapuzón para ganarse el alimento. Los que ya me conoceois sabeis que no soy muy amigo de los monos, así que me entretuve en captar el color del agua, se nota que estoy en una isla, pues el azul del agua reluce de forma casi fluorescente.

Después de Monkey Beach nos llevaron a Maya Bay, la playa donde Leonardo Di Caprio rodó la pelícla The Beach (La Playa). Aunque ya me habían informado de que la encontraría extremadamente llena de turistas en la arena y de barcos en la orilla, ver aquel desastre fue decepcionante. Te hacen pagar 100 baths solo por poner un pie en la arena, ya que ahora estamos en Phi Phi Leh, la isla pequeña de las Phi Phi, y es parque natural. Los cinco que ocupabamos el bote estuvimos de acuerdo en no pagar ni un centimo, pues no queríamos estar en una playa en la que no cabía ni una persona más y donde las vistas hacía el mar eran barcos, barcos y más barcos. Para mi lo bonito de Maya Bay es poner un poco de imaginación y borrar en la mente todo lo que el turismo hace feo, y visualizar la playa solitaria. La verdad es que es una playa espactacular, pero si Hollywood estuvo aquí... Mal asunto.

Bordeamos Phi Phi Leh hacia la otra cara de la isla, el barco entra en un pasillo de acantilados, entre aguas transparentes de colores impresionantes. Nunca hubiera imaginado que el azul tiene tantas tonalidades, y que el agua pudiera reproducirlas. Ahora sí todacaba disfrutar. Repartieron unas gafas, unas aletas y un tubo para cada uno y... Un mágico mundo de fantasía se proyectaba ante nuestros ojos. Solo con meter la cabeza en el agua, cientos de peces de múltiples colores y formas nos rodeaban, sin miedo al ser humano, bailaban aldededor de nosotros. Amarillo, azul, verde, rosa, lila, rojo, naranja... No faltaba ni uno solo en la fiesta de colores submarina en la que nos habíamos colado. Y cuanto uno más nada, cuanto más investiga, nuevas especies aparecen. Es una pena que no pueda haber fotografiado esto, porque ha sido una experiencia preciosa. El fondo era un enorme arrecife de coral, con sus locas formas y colores, alcanzable con uina corta inmersión. Y la mejor sorpresa me estaba esperando más abajo, cuando vi una preciosa planta que se movía peinando las corrientes. Bajé a verla y resultó ser una anemona, y en ella vivia una famila de peces payaso. No me lo esperaba, pues por no obtener información no sabía que podían encontrarse estos preciosos pececitos aquí. ¿Sabés lo que es un pez payaso no? El Nemo, el de la peli. Además, no me los imaginaba así. Son muy graciosos. Son muy pequeñitos, y estan todo el rato frotandose con las tamitas de la anemona en movimiento, y cuando me acercaba a ellos, salían los tres para asustarme con su chillon color naranja, y se contorneaban delante de mis gafas. Un verdadero espectáculo de la naturaleza marina.

Después de media hora de snorkel que se pasó volando persiguiendo peces, nos llevaron a el lugar más bonito (para mi gusto) de todo el archipiélago. Se trata de la bahía opuesta a Maya Bay. En barco entra entre acantilados que rodean un gran lago de mar donde el color del agua es el más espectacular que he visto en todo el viaje. No hay ni una sola playa, es un gran espacio de gigantes acantilados calcareos y aguas de salvapantallas.

Después de disfrutar de tan impresionante paisaje nos llevaron a una playa solitária, otra de vez vuelta a Phi Phi Don, donde nos dieron de comer y nos dejaron un rato para disfrutar de la arena blanca, las calidas aguas y las palmeras de fondo. Esta vez si estabamos agusto, pues no era una playa masificada.

Habíamos pasado la mañana en el mejor snorkel de mi vida, la mejor playa que he visto, las aguas mas cristalinas y la arena más blanca.Y cuando ya pensabamos que nada podía superar lo que habíamos visto, el paraíso vuelve a superarse así mismo. Nos llevan a dos pequeñas islas al norte de Phi Phi Don, la Isla Mosquito y la Isla Bamboo. Las palabras ya no me llegan para describir lo ipresionante de este lugar. Islas deshabitadas en medio de la nada, interminables arrecifes de coral rodeando las islas, miles, millones de bancos de peces cruzandose en nuestro camino sin miedo, como si estuvieramos en medio de una autopista submarina, la vista no llega a alcanzar donde empieza y donde termina el banco de peces. Más peces payaso, peces planos de colores vivos, peces largos en forma de serpiente, decenas de diferentes tipos de erizos, unos negro brillante con ojos azul eléctrico, otros grises, otros blancos, almejas, conchas, caracolas, estrellas de mar tan grandes que podrían abrazar a una persona. Cuando uno saca la cabeza del agua no puede creer lo que ha visto y parece imposible que al volver a mirar adentro pueda estar este mundo de fantasía allí.

El último lugar que visitamos es un punto de avistamiento de tiburones, pero no era la hora adecuada. Así que después de buscar y buscar nos dimos por vencidos. Nos dijeron que la hora buena para verlos es de 6 a 7 de la mañana, cuando los turistas aún no han empezado a asustarlos. Otra vez será. Eso sí, Jorge vio na tortuga marina.

Y para poner la guinda a la excursión por las Phi Phi, nos llevaron a un punto en medio del Mar donde puede verse una bonita puesta de sol. La pena es que el cielo estaba tapado. Aún y así pudimos disfrutar de los diferentes tonos de color rojo mezclado con el azul de las nubes.

Al día siguiente solo teníamos la mañana para disfrutar, y como ya le habíamos dado mucha caña al agua el día anterior, esta vez tocaría un poco de jungla. Subimos a los dos View Points que hay en Phi Phi Don donde se aprecian unas vistas espactaculares.

Después de visitar las Islas Phi Phi sí puedo decir que he estado en el paraíso. No creo que esto sea superable. Y si algún día váis, por favor, respetad la isla, bastante daño le han hecho ya los zombies de la noche.













viernes, 2 de noviembre de 2012

Koh Poda

 Hola a todos!

Como ya dije en el post anterior, la excursión a la Isla Poda la he dejado para postearla aparte, pues quiero que veais la belleza de este paraíso, bastante desconocido. Espero que lo disfrutreis.

Ya estando en Ao Nang, había visto algunas propagandas de una excusrión que se llamaba El Tour de las Cuatro Islas, que salía por la mañana para explorar cuatro islas cercanas a la costa y volvía sobre el atardecer. Estas excursiones incluían material para hacer snorkel, tiempo para tomar el sol o andar por la playa, desayuno, comida, fruta, agua... Pero no me apunté porque eran demasiado caras para ser cuatro desconocidas islas de Krabi.

Pues bien, desde Railay alguien me comentó que era posible acceder a estas islas en kayak desde la costa, y que tardaría aproximadamente una hora en llegar, siempre dependiendo de la resistencia de mis brazos claro. Pues se lo propuse a mis amigos franceses y decidieron apuntarse. Así que después de un enérgico desayuno, compramos agua y galletas para pasar el día y negociamos con los dueños del albergue el precio para todo el día en kayak. Al final nos lo dejaron por 400 baths (10 euros) incluyendo material de snorkel y una mochiña impermeable donde guardar nuestras pertenencias. En otros lugares valía el doble sin material ni bolsa, así que nos pareció un buen trato.

Era nuestra primera vez en kayak para los tres, así que para comprobar cuanto cansaba este deporte, nos dirigimos a la playa de Railay oeste, donde a  escasos metros de la cosa se levanta una alta pero pequeña isla. En los diez minutos del trayecto que llevaba a esta isla nos convencimos de que no era para tanto, y que podríamos llegar a las cuatro islas del tour sin problemas. Eso sí, antes de partir habría que inspeccionar un poco el fondo marino, pues el agua brillaba en un azul claro casi turquesa, en un camino de mar abierto en mitad de la isla. Metimos los kayak en una cueva marina, para que no se fuesen, y nos pusimos las gafas para hacer nuestra primera ojeada al fondo del mar tailandés. Lo que veíamos era increíble. El agua es tan clara en tailandia que con las gafas pueden verse varios metros a lo lejos con total claridad. Peces de colores, erizos gigantes, cangrejos y corales se mostraban ante nuestros ojos.

Después de quedar satisfechos admirando la belleza de la isla de Railay, Nos aventuramos a cruzar el charco. Dicen que entre Railay y la isla más cercana de las cuatro, Poda, hay 8 kilómetros. No se si es exactamente esta distancia, lo que si se es que después de una hora remando, la espalda y los brazos empiezan a endurecerse y un ligero dolor empieza a recorrer los músculos del cuerpo. Pero eso sí, ya estabamos en Poda, en este momento visitaba la primera isla paradisíaca de Tailandia.

Al acercarnos a la orilla el agua iba cambiando de verde a turquesa. Si mirabas al fondo a través del bote podía verse como atravesábamos un gran arrecife de coral, se veía claramente todo lo que había bajo el agua, como si el mar estuviera seco, como si el agua fuese aire. Es increíble entrar a la isla a remo y poder ver miles de peces de colores apartandose a nuestro paso, rodeando el kayak.

Al llegar a la orilla un simpático e interesado vendedor de helados nos ayudó a subir el kayak unos metros playa adentro, pues hay que controlar que la subida de mareia no acabe por llevarse el bote en un despiste. Y ahora sí era nuestro momento. Una larga playa de arena blanca, la jungla a nuestras espaldas, un agua totalmente transparente, unas gafas y un tubo. Al meter los pies en el agua no me lo podía creer, pues se pueden ver con total claridad y detalle. Os he dejado una foto de mis pies en el agua para que podáis aprecidar la cristalinidad de estas aguas. También os he puesto una foto que me hicieron mis amigos sumergienome bajo el agua. En esta cuesta más apreciar el detalle, pues para aguantarse bajo el agua sin flotar es necesario moverse mucho, y el agua en movimiento no queda tan nítida en las fotos. Pero de todas formas es impresionante.

Después de un rato alucinando con las vistas externas del fondo marino y nuestro cuerpo en él, era hora de inspeccionar más profundamente. Nos pusimos las gafas y empezamos el snorkel. No puedo describir lo que puede verse en un fondo marino como este. Los corales abundaban por todos sitios, entre ellos se escondían erizos de diferente tipo, algunos blancos, otros grises y otros de un negro brillante, con larguísimas puas y un gran ojo de color azul fluorescente. Y lo más impactante de todo, los peces. Miles de peces de colores se bañaban en las calidas aguas de Koh Poda. Y además de preciosos son peces curiosos y valientes, pues se acercaban en decenas para inspeccionar que era lo que acababa de entrar al agua, es decir, yo, y me rodeaban en un momento entre extrema belleza natural e incomodidad por miedo a lo desconocido. Al fin y al cabo son peces, nada malo pueden hacerme. Aunque si he de reconocer que algun bocadito me llevé, eso si, no duele nada, solo asusta.

Los peces más comunes en esta playa son unos atigrados, con rayas negras y amarillas. Pero también se pueden ver peces de otros colores, corales de extravagantes formas, y curiosas plantas marinas que se esconden tras nuestro paso por las rocas. Para que os hagais una idea os he dejado una foto de los peces amarillos y negros. Sí sí, está hecha desde fuera, con un agua tan clara solo es esperar y disparar.

Justo en frente de Poda, hay una pequeña isla vertical, a la que decidí ir a explorar. Mis amigos prefirieron descansar en la arena. En menos de diez minutos llegaba a la pequeña isla, y decidí darle la vuelta entera. En ella encontré cuevas, estalactitas, montones de conchas incrustadas en las rocas y algunos visitantes más que bordeabanla isla con kayak.

De vuelta a Poda vi que los franceses habían desaparecido (luego me enteré que estaban muertos de hambre y fueron al único bar de la isla, pues es lo único que hay a parte de arena jungla y preciosas playas. Así que como aúnme quedaban fuerzas decidí darle la vuelta a Poda. Claro que la isla no es pequeña, pero con unpoco de esfuerzo lo conseguiría. Rodeando la isla encontré más cuevas, más estalactitas, zonas de corales preciosos, y alguna minúculas playas en las que paré para notar la sensación de estar solo en una playa desierta. También encontré algunas cuerdas instaladas en los muros verticales, que servían de apoyo para escalar y saltar de cierta altura. Como no, tuve que probarlo, una gran experiencia, adrenalina a tope.

Al llegar a la otra cara de la isla, un nuevo paraíso se extendía ante mis ojos. Pero, ¿como puede ser que un paríso mejore a otro? Una larga playa de arena blanca, desertica (tan solo tres chicas tomando el sol) en un mar de un palmo de profundidad que se mantenía así hasta llegar a la isla vecina. Claro está que el kayak no se movía con los remos, pues tocaba fondo, pero después de tantas horas remando, andar un poquito tirando de él no me iría mal. Metros y metros de aguas cristalinas, más peces y lo mejor, las vistas de otra isla desierta delante de mis ojos, y la posibilidad de ir andando. Pero esta vez no podría ser. Pronto anochecería y no tendría tiempo de volver atrás. Así que até el kayak a una rama y dejé mi cuerpo flotar en el paisaje marino más bello que he visto nunca.

Y así, tomando el sol en el agua, aparecieron mis amigos franceses. Sería hora de volver a Railay. Despedimos el paraíso con unos chapuzones, y empezamos a remar de vuelta. Tras siete horas en el kayak, la vuelta se me hizo larguísima. El dolor de músculos se agudizaba. Me dolía todo el cuerpo, pero estaba en mitad del oceano, así que tendría que remar sí o sí. Con todo el sufrimiento del mundo llegamos a Railay. Y aunque la vuelta se haya convertido en un infierno, ha merecido la pena navegar por el paraíso durante todo el día. Fuimos a celebrarlo con una Chang fresquita y un buen plato de Pad Thai.
















Railay

 Hola a todos!

A primera hora de la mañana y después de un buen desayuno tomamos la barquita que nos llevará a Railay. Se trata de una barquita a la que llaman taxi de cola larga, pues tanto el motor como la hélice están cologadas al final de un largo mástil que hará a la vez de timón. Pues estos taxis de cola larga son la única manera de poder llegar a Railay, ya que se trata de un lugar cerrado por acantilados a lado y lado de la costa.

Al cruzar la barquita el muro de roca y dejar al descubierto el paisaje de Railay, todos nos quedamos con la boca abierta. Aún siendo la playa de al lado, el agua era mucho más clara que en Ao Nang, el color mucho más turquesa, la arena mucho más blanca. Las montañas que rodeaban la playa parecían sacadas de un libro de fantasía, donde la naturaleza dejaba plasmado su arte en las diferentes formas de la roca calcarea. Y detrás de la arena blanca, jungla. Los alojamientos no eran los cutres hoteles de Ao Nang, eran más salvajes todavía. Bungalows construidos con babú y hojas de palmeras se esparcían por la selva en un lugar donde no existe ni una sola carretera, ni una sola calle. Solo algunos restaurantes y bares al más puro estilo hippie a la orilla del mar, daban los servicios básicos para la estancia en lo que dejaría a Ao Nang como una simple playa. El paraíso se había superado a sí mismo.

Y al llegar a Railay, una nueva aventura. Mis amigos de "Un Cambio de Aires" recomendaban un bungalow que se encuentra justo en frente del Forest Resort. Pues al parar en la primera playa, preguntamos al barquero si se encontraba allí, y nos dijo que era en la siguiente playa. Aún y así vi un cartel que ponía Tonsai, y me sonaba de haberlo leído en la página de mis amigos, pero quise hacer caso al barquero, pues se veía que era de la zona. En la segunda parada nos deja en una playa que se llama Railay West. Nos acercamos a preguntar donde se encuentra el lugar que buscamos y nos dicen que era en la primera playa. Para volver nos aconsejan tomar de nuevo una barca que nos cobraría la mitad del viaje. Pero inisitimos en la opción de ir andando, y nos indicaron un sendero que cruza sube y baja una montaña en la selva para llegar a Tonsai. Después de andar, preguntar, perdernos, reencontrarnos, que nos malindicaran, y cargados con todo nuestro equipaje a la espalda, llegamos a la playa de Tonsai. Después de la caminata nos parecía estar en una playa recóndita de la zona, y más tarde nos daríamos cuenta que estábamos justo al lado de donde nos dejó la barca, y que hay un pasadizo entre playas, que trepando una pequeña montañita, se cruz en diez minutos. ¿Porque nos hicieron recorrer toda la zona? Quizás porque donde preguntabamos también teníamos que rechazar sus ofertas de hospedaje. Pero como no me gusta pensar mal, me quedaré con la idea de que no se enteraban bien de qué preguntabamos y por eso nos malindicaban.

Pues una vez llegados al lugar que nos habían indicado, lo encontramos cerrado por ser temporada baja. Así que ahora nos tocaría empezar a preguntar hasta lograr encontrar un sitio baratito. Al final encontramos uno que estaba muy bien. Nos alojamos en bungalows dobles a primera linea de mar por tan solo 200 baths, es decir, 5 euros.

Salimos a explorar la playa, nos dimos un bañitos en sus aguas cristalinas, y cruzamos el paso hacia la otra playa. Tomamos el sol, nos volvimos a bañar, visitamos un poco los comercios de la zona.... Se nos ocurrió la buena idea de comprar unas gafas para bucear. Como las de snorkel valían caras, nos decidimos por las de piscina. Total, lo único que queríamos era ver bajo el agua, y para respirar ya teníamos buenos pulmones. Mañana las probaríamos, pues ahora empezaba el gran espactaculo de la puesta de sol. Ver una puesta de sol rodeado de gigantes montañas de extrañas formas y con ese color de agua, no tiene precio.

El problema fue a la vuelta. Se estaba haciendo oscuro, la marea había subido de forma que había cubierto el paso entre playa y playa. No queríamos dar toda la vuelta como cuando llegamos. Así que preguntamos a una pareja que aparecío de entre la selva, y nos dijeron que trepando por la montañita se podía cruzar. Mi único problema era que había ido descalzo, total si estoy en la playa y no hay ni calles, ¿para que quiero chanclas? Pues entre la oscuridad de la selva y el ir descalzo me llevé un masaje de pies que no os recomiendo a ninguno. Por fin estabamos en Tonsai, estabamos a salvo, nos merecíamos una buena cerveza tailandesa marca Chang.

Al día siguiente nos fuimos de excursión con un kayak que aquilamos, pero la aventura fue tan divertida que le he dedicado un post a parte. Os lo cuelgo después de este. Lo que si os puedo avanzar es que a la vuelta volvimos tan y tan agotados que a las 8 de la tarde estabamos metidos enla cama, duchaditos, cenaditos y listos para dormir.

El día siguiente lo dediqué a descansar, pues el kayak me había dejado destrozado. Tomé un desyuno a base de frutas, muesli y iogurt, busque un arbusto que hacía sombra en la orilla del mar, y entre baño y baño, me dedicaba a leer, a hacer macramé, a pensar, a relajarme, a dormir. Un día de total relax con un escenário de frente inigualable. A la vuelta de el día más relajantre que he tenido en el viaje, conocí a un chico de Lanzarote que me propuso ir a ver un espactaculo de Moe Thai, que al final no acabamos viendo, porque conocimos otros tantos chicos españoles a la hora de la cena. Y dió la casualidad, o quizás es que era el restaurante más barato, que nos juntamos más de 15 españoles cenando en la misma mesa. Aquello fue nuestra perdición. Litros de cerveza corrían por las playas de Railay, habíamos invadido Tonsai. Risas, carcajadas, bromas y más risas. Fuimos el centro de atención durante toda la noche frente a turistas y thailandeses que alucinaban con la que habíamos montado. La noche acabó en un bar de musica en vivo, en que tres de nuestros amigos españoles consiguieron arrebatar el escenário al grupo oficial que tocaba esa noche, y bajo los efectos del alcohol, montaron un espactaculo de cante y guitarra de lo más divertido. Creo que esa noche ha sido la noche más loca de la historia de Railay, pues durante los días siguiente se escuchaban comentarios en inglés, entre locales y turistas, de lo que pasó esa noche. Y es que eso es lo que tenemos los españoles, que no se nos puede juntar.

Al día siguiente habíamos quedado cinco de los que nos conocimos, a las nueve de la mañana, para desayunar juntos. Después, Isa y Mireia, unas catalanas para quitarse el sombrero, se ofrecieron a darnos unas clases de escalada, pues llevan muchos años practicando este deporte y habían venido a Tailandia justamente para eso. Krabi, es el paraíso para los escaladores, pues las formaciones rocosas hacen de sus muros una delicia para los practicantes de este deporte. Además, disfrutar de esos pasiajes colgado de una pared, es algo que hay que probar. Pues pasamos un día genial, entre clases, risas, deporte, riesgo y aventura. Muchísimas grácias chicas por vuestra amabilidad y simpatía. Cada vez que vea algo relacionado con la escalada me acordaré de vosotras.

Y nunca llegaba el día en que dcidía marcharme de Railay. Me sentía tan agusto, estaba tan bien acompañado y el paisaje era tan perfecto, que me hubiera quedado una larga tamporada. Mi problema es que como pensaba que Tailandia no me iba a gustar, no pagué el visado, con lo cual solo puedo estar dos semanas en el país. Así que si quierover algo más, tendré que irme moviendo. Reservé un tiquet para las islas Phi Phi, eso si, alargaría mi estancia un día más, pues teníamos que hacer una gran despedida (ya sabeis como somos los españoles, una fiesta con cualquier excusa) y además era noche de luna llena, o más conocido como full moon party en Asia.

Mi último día sería muy de relax, pero no sin visitar la última zona de Railay, Prang Nang. En primer lugar fuimos a lo que se llama un view point, que es un punto alto en la montaña desde el que hay buenas vistas de la zona. El ascenso fue divertido, pues era un embarrado camino vertical, lleno de raíces que obstaculizaban nuestros pasos, en el que habían colocado una soga para ayudar a trepar la montaña. Era como la escalada del día anterior pero sin arnés, y mucho menos inclinado claro. Una vez arriba las vistas son increíbles. Las dos playas de Railay abrazando la lengua de arena que hacía de pueblo, y las densas montañas selváticas alzandose en forma de acantilados por todos lados. Cuando uno se asoma a un punto así, no cree que la naturaleza sea capaz de reproducir un paisaje tan maravillos.

Después de visitar el view point, intentamos bajar a la laguna. Pero nos dimos cuenta que el camino era bastante peligroso, inclinado y resbaladizo, así que decidimos no llegar hasta abajo. Y en el camino de vuelta fuimos a visitar Prang Nang beach, la última playa que me quedaba por ver. Es preciosa, rodeada de acantilados, estalactitas que parece que van a caer al agua, el agua más clara que las demás. Eso sí, es la que más cerca está de los resorts, así que el turismo es más y diferente a nuestra hippie playa. Lo más gracioso de esta playa es que hay dos cuevas convertidas en templos de oración al miembro sexual masculino. Los tailandeses de la zona se acercan para hacer sus ofrendas en madera y ceramica de diversos tamaños, formas y colores de falos. Es uno de los cultos más antiguos a la fertilidad y la potencia sexual.

Y por la noche llegaría la despedida. En nuestro habitual hippie bar, a la orilla de la playa, tomando unas cervecitas Chang fresquitas, y disfrutando del calor de casi todos los españoles que se encontraban en la zona. A veces uno necesita juntarse con los suyos en una Sapein party.